Neurodivergencia: comprensión, identidad y el riesgo de simplificar demasiado
Neurodivergencia: entre la comprensión, la identidad y el riesgo de simplificar demasiado
En los últimos años, el concepto de neurodivergencia ha pasado de ser un término relativamente desconocido a ocupar un lugar central en conversaciones sociales, educativas y clínicas. Hoy encontramos adolescentes que se definen como neurodivergentes en redes sociales, empresas que promueven la contratación neurodiversa y familias que, por primera vez, sienten que alguien pone palabras a experiencias que llevaban años viviendo en silencio.
Y, sinceramente, creo que esto tiene algo profundamente positivo.
Durante décadas, muchas personas con perfiles compatibles con TDAH, TEA, dislexia u otras diferencias del neurodesarrollo crecieron escuchando que eran “raras”, “intensas”, “vagas”, “demasiado sensibles” o “poco adaptadas”. El paradigma de la neurodiversidad aparece precisamente como una respuesta crítica a esa mirada excesivamente patologizante. Propone entender ciertas diferencias neurológicas no únicamente como déficits, sino también como formas distintas de procesar el mundo.
El problema aparece cuando pasamos de una corrección necesaria del modelo clásico a un extremo contrario igual de simplificador.
El riesgo de convertir toda diferencia en identidad diagnóstica
Uno de los fenómenos más visibles actualmente es el crecimiento del autodiagnóstico en redes sociales. Plataformas como TikTok o Instagram han conseguido algo muy valioso: muchas personas se han sentido comprendidas por primera vez. Pero también han favorecido una lectura excesivamente rápida y superficial de fenómenos psicológicos complejos.
Olvidamos algo importante: sentirse distinto no implica necesariamente ser neurodivergente.
La adolescencia, la ansiedad, el estrés crónico, el trauma, la inseguridad o incluso determinados estilos de personalidad pueden generar experiencias subjetivas muy parecidas a algunos rasgos neurodivergentes. Y cuando todo se explica exclusivamente desde una etiqueta, corremos el riesgo de dejar de explorar el resto.
En consulta esto se observa cada vez más. Adolescentes que llegan convencidos de tener TDAH porque “su cabeza nunca para”. Adultos que interpretan toda dificultad social como autismo. Personas agotadas emocionalmente que entienden su cansancio únicamente desde la neurodivergencia sin revisar el contexto vital en el que están sobreviviendo.
Y aquí es importante ser claros: validar el sufrimiento no significa confirmar automáticamente una identidad diagnóstica.
La neurodiversidad aporta algo que la clínica tradicional necesitaba
Dicho esto, sería injusto negar el enorme avance que ha supuesto este paradigma.
Las publicaciones científicas recientes coinciden en señalar que el modelo clásico centrado exclusivamente en el déficit resulta insuficiente para comprender la experiencia real de muchas personas neurodivergentes.
Especialmente en el autismo y el TDAH, la investigación de los últimos años insiste en varios puntos clave:
- la importancia del entorno,
- el impacto del camuflaje social,
- el agotamiento asociado a la adaptación constante,
- y la necesidad de construir contextos más flexibles e inclusivos.
El paradigma de la neurodiversidad recuerda algo esencial: muchas dificultades aparecen no solo por la condición individual, sino por el choque continuo entre determinadas formas de funcionar y entornos diseñados únicamente para perfiles neurotípicos.
Esto tiene implicaciones enormes en educación, salud mental y mundo laboral.
No todas las personas aprenden igual. No todas regulan igual. No todas toleran igual el ruido, la presión social o la multitarea.
Y probablemente una sociedad más flexible beneficiaría no solo a las personas neurodivergentes, sino a todos.
Ni romantizar ni patologizar
Creo que actualmente existe una polarización peligrosa.
Por un lado, encontramos discursos extremadamente clínicos que reducen a la persona a un conjunto de síntomas y déficits. Por otro, aparecen discursos que romantizan determinadas condiciones hasta el punto de invisibilizar el sufrimiento real que muchas personas experimentan.
Ni una cosa ni la otra.
El TDAH no es solo creatividad y pensamiento rápido. El autismo no es únicamente tener intereses intensos o ser “muy inteligente”. La neurodivergencia no convierte automáticamente el sufrimiento en un superpoder.
Muchas personas neurodivergentes viven agotamiento, ansiedad, rechazo social, dificultades laborales, problemas de autoestima y una sensación constante de no encajar. Negar esto en nombre de la inclusión tampoco ayuda.
Pero tampoco ayuda mirar únicamente aquello que “falta”.
Quizá el reto actual no sea decidir si la neurodivergencia es una diferencia o un trastorno. Probablemente sea aprender a sostener ambas realidades a la vez.
Porque una persona puede necesitar apoyo clínico y, al mismo tiempo, merecer una mirada profundamente respetuosa hacia su manera de ser y funcionar.
Hacia una mirada más integradora
Algunas de las publicaciones recientes más interesantes defienden precisamente una posición integradora entre el modelo clínico y el paradigma de la neurodiversidad.
Y, personalmente, creo que ese es el camino más sensato.
Necesitamos evaluación rigurosa. Necesitamos diagnóstico cuando es necesario. Necesitamos intervención basada en evidencia.
Pero también necesitamos dejar de entender la diferencia únicamente desde el déficit.
La neurodivergencia no debería convertirse en una moda vacía ni en una etiqueta identitaria automática. Pero tampoco deberíamos volver a épocas donde miles de personas crecían sintiéndose defectuosas por no ajustarse a una única forma válida de funcionar.
Quizá la pregunta importante no sea quién es neurodivergente y quién no.
Quizá la pregunta realmente importante sea qué tipo de sociedad construimos cuando solo consideramos correcta una única manera de pensar, sentir, aprender y relacionarse.
Dolors Ramírez Guerra
Psic. Colegiada 23.330

